Haitianos y Obama

por Ericq Pierre

Transmitido a AlterPresse el 10 de febrero de 2009

(Lo que el primer presidente negro de los Estados Unidos de América debe recordar de la primera república negra independiente del mundo).

¡Mediodía del 20 de enero de 2009! Barack Hussein Obama presta juramento como cuadragésimo cuarto Presidente de los Estados Unidos de América. Es la primera vez que la llegada al poder de un presidente estadounidense es acogida con tanta alegría y entusiasmo. Hay quienes hablan incluso de euforia. A escala planetaria. Desde América hasta Europa, y desde África hasta Asia, la elección de Obama es calificada como un Hecho Histórico, con H mayúscula, por muchedumbres jubilosas. Muchos consideran que este acontecimiento constituye la mejor noticia que han recibido en mucho tiempo.

Aunque hasta ayer estaba bien visto afirmar que los Estados Unidos no estaban ni próximos ni dispuestos a elegir a un presidente negro, los diferentes círculos influyentes estadounidenses no expresaron un asombro desmesurado ni formularon declaraciones particulares al respecto. Más bien dieron muestras de una notable serenidad, a la cual no se le ha dado suficiente relieve. Una serenidad muy diferente a la efervescencia observada en otros países. Cabría decir que los estadounidenses se habían preparado desde hacía mucho para esta eventualidad, enmarcada directamente en la trayectoria de conquistas sociopolíticas que este país diverso y de grandes contrastes, despiadado y generoso, ha ido acumulando a lo largo de sus 233 años de existencia. Apenas si se observó que el establishment negro se haya mostrado un poco más sorprendido que el establishment blanco.

Las primeras decisiones del presidente electo apuntan a que su gabinete ministerial estará integrado por personalidades conocidas, procedentes de diversos ámbitos. Según todos los observadores, ha procurado seleccionar a las personas más destacadas e inteligentes, tal como se calificó a principios de los años sesenta a los miembros del gabinete formado por John F. Kennedy. Esto ha incrementado aún más el gran respeto por Obama. No obstante, es menos evidente que goce de una opinión unánime entre sus homólogos de los países del tercer mundo. Algunos se sintieron blanco de sus palabras cuando él dijo que África “no honra su potencial y muchos de sus gobernantes no están a la altura del genio de sus pueblos [1]”. Ese mismo comentario sobre la gestión global de los líderes del continente africano puede dirigirse à muchos otros líderes en otros continentes, y ellos lo saben.

Más que ninguna otra población negra del mundo, los afroestadounidenses tienen razones obvias para estar orgullosos de la elección de Obama. Saben mejor que nadie lo que esta elección significa y lo que no significa. Son conscientes de que sus votos, por sí solos, habrían sido insuficientes para elegir a Obama. Además, saben apreciar cuánto ha evolucionado su país para bien. Si aún no pueden hablar de un cambio irreversible, no están muy lejos de ello, pese a que aún no consigan deshacerse de una preocupación vaga y persistente que se prolongará durante todo el mandato del nuevo presidente, e incluso más allá.

Sin embargo, una cosa es aplaudir y sentirse orgullosos; otra es ayudar a Obama a tener éxito. El presidente electo tiene ante sí un abultado trabajo, no sólo con la situación interna en Estados Unidos, sino también con Afganistán, Darfur y el conflicto israelí-palestino, que está dando giros cada vez más peligrosos. Es decir, tendrá que evitar las distracciones y, por lo tanto, no podrá consagrar mucho tiempo ni energía a las pequeñeces y los cálculos mezquinos de diferentes ámbitos. Que tomen debida nota de ello los intrigantes de nuestro medio, que ya han empezado a hacer circular rumores a toda velocidad, insinuando que personalidades próximas a Obama siguen siendo leales al líder supremo lavalasiano y empezando un cabildeo activo para que éste pueda regresar al país. Como si el ex presidente, que se considera un orgulloso nacionalista, solamente pudiera contemplar volver a su país con las garantías de presidentes extranjeros o el blindaje de una fuerza multinacional. Con todo, esta propaganda de dudoso fundamento ha surtido efecto en Haití, y explica incluso el hecho de que importantes integrantes del establishment haitiano no hayan hecho ningún esfuerzo por disimular el poco entusiasmo que les inspira el nuevo presidente estadounidense.

Pese a los retos de todo tipo que lo aguardan, o incluso debido a esos retos, la única opción de Obama es la de tener éxito: ante todo, por su país; en segundo lugar, por los demás países, y, en menor medida, por los afroestadounidenses. Para ello necesitará la ayuda de todos sus amigos. Aunque la de Haití probablemente no le faltará, para ello será necesario que volvamos a abrazar la tradición de grandeza que nos permitió iniciar nuestra existencia como pueblo bajo el signo del orgullo, la dignidad y la confianza en nosotros mismos. Recordemos nuestro derrotero: en 1801, Toussaint Louverture dedicó a Napoleón Bonaparte un ejemplar de la constitución que acababa de otorgar a la colonia de Santo Domingo, y lo hizo con las siguientes palabras: “Del Líder Magno de los Negros al Líder Magno de los Blancos”. Y estas palabras no reflejaban arrogancia ni fanfarronería alguna de su parte. Si bien en ésa época existían en Europa soberanos o mariscales que le podían disputar al pequeño cabo el título de Líder Magno de los Blancos, nadie en Santo Domingo o en África podía disputarle el título de Líder Magno de los Negros al Centauro de la Sabana. De hecho, menos de tres años después de esa primera constitución, la colonia de Santo Domingo puso fin a tres siglos de esclavitud, para convertirse en la primera república negra independiente del mundo, bajo el nombre de Haití.

Es importante, por lo tanto, que los haitianos y las haitianas intenten comprender por qué lo que constituyó, a la vez, una proeza y una extraordinaria esperanza para toda la raza negra se considera hoy como una mera nota de pie de página en comparación con la victoria electoral de Barack Obama. Es legítimo preguntarse por qué la elección de Obama parece haber obtenido más votos, según el barómetro del orgullo y la dignidad, que la única y singular rebelión de esclavos que haya desembocado en una declaración de independencia. En efecto, mientras que en 2009 el mundo entero aplaude al primer presidente negro de los Estados Unidos de América, en 1803, año en que Haití se independizó [2], las grandes potencias mundiales, que son las mismas que hoy en día, se apresuraron a calificar al país de Estado terrorista, poniendo en peligro su independencia. En ésa época, esas grandes potencias estimaron que el primer país negro independiente del mundo no estaba del buen lado de la historia. ¿En que lado de la historia estamos en 2009?

A la espera de una respuesta, estoy seguro de que a mis compatriotas les habría gustado que Jean-Jacques Dessalines y todos los que participaron en la gestión del primer Estado negro independiente del mundo retomasen su lugar en la ya muy larga cadena de emancipación cuyos primeros eslabones forjaron y que, pasando por muchos otros combatientes de la libertad, como Amílcar Cabral, Martin Luther King y Nelson Mandela, permite hoy a todos los negros del mundo conjugar orgullosamente, con Barack Obama, la historia en presente. También apreciarían que el primer presidente negro de los Estados Unidos recuerde que durante más de siglo y medio el primer país negro independiente del mundo sostuvo sólidamente entre sus manos, y prácticamente por sí solo, un extremo tramo de esa cadena de emancipación.

Lamentablemente, hoy en día cuando se hace referencia a nuestro país es para recordar que somos un país que no puede alimentar a sus niños ni garantizar su seguridad y su educación, que parece no ofrecerles ninguna razón para caminar con la cabeza alta. Un país incapaz de gobernarse por sí solo, que depende de los otros para todo, incluso para elegir a sus dirigentes. Por decirlo sin rodeos, un país de soberanía limitada. Un país para el cual es imperativo retomar su destino en sus propias manos.

Por consiguiente, no es necesario buscar demasiado lejos para encontrar las razones por las cuales en 2009, año en que saludamos la llegada del primer presidente negro de los Estados Unidos, el gesto de nuestros antepasados ha quedado prácticamente relegado a los capítulos olvidados de la historia. E, independientemente de lo que nos sentiríamos tentados de reprochar a los demás, debemos empezar por interrogarnos a nosotros mismos. Se trata de conservar la poca credibilidad que nos queda. De nada sirve denunciar las secuelas de la esclavitud, la colonización y la dictadura si, con respecto a nuestro país, seguimos comportándonos consciente o inconscientemente como depredadores aún más feroces que los propios colonizadores.

En consecuencia, si lo que deseamos es hacer algún aporte al gobierno de Obama, debemos empezar por ayudarnos a nosotros mismos. Esto significa que tenemos que reafirmarnos y asumir nuestras responsabilidades. Debemos aprender o reaprender a utilizar acertadamente los recursos de que disponemos, que, si bien no son abundantes, tampoco son tan escasos como lo que se dice. También tenemos que dejar de lado esa costumbre de pedir demasiado a los demás y, por ende, crearnos expectativas demasiado altas. Esto nos impide poder confiar primero en nosotros mismos. Cuando negociemos, no debemos sustentar nuestras posiciones en nuestra situación de pobreza o en las desgracias que nos azotan, sino en el esfuerzo y los sacrificios que estamos dispuestos a hacer para asumir nuestras responsabilidades. Al mismo tiempo, debemos dejar de considerarnos siempre víctimas. Y esto es particularmente importante en nuestras relaciones con el gobierno de Obama. Debemos recordar que si él se hubiera comportado como víctima, hoy no estaría donde está.

No cabe duda de que Obama puede ser un ejemplo y un modelo de inspiración para los jóvenes y los no tan jóvenes entre nosotros. Pero no puede ser más que eso. Y nos equivocaríamos si pensáramos que su gobierno podrá hacer por nosotros lo que no estamos en condiciones de hacer para y por nosotros mismos. Debemos, pues, convencernos de que aún somos capaces de reorientar el destino de nuestro país. Para ello, tenemos que dejar de lado la vieja impronta de fracaso, laxitud y pesimismo que nos ha llevado a la situación que hoy padecemos, reemplazándola por una nueva actitud permita volver a luchar y a erguirnos orgullosos.

A todos nos incumbe velar por la buena gobernanza de nuestro país y hacer que éste sea respetado. ¿Durante cuánto tiempo seguiremos viendo a nuestro país trivializado a tal punto que UNICEF considera normal otorgar el primer premio una foto en la que aparece una joven compatriota sorteando charcos apestosos e inmundicias? Una imagen vale más que mil palabras, dicen los chinos. Debemos preguntarnos por qué la imagen tan difundida de miles de jóvenes haitianos y haitianas en uniforme escolar caminando muchos kilómetros para ir a la escuela nunca será galardonada por UNICEF. La respuesta es de una sencillez escalofriante: tales imágenes, que transmiten un mensaje positivo, no sensibilizarían a los donantes y, por ende, no se traducirían en fondos para nosotros. Aunque me entristezca llegar a esa conclusión, hay que hacer frente a la realidad: un país que recibe asistencia para sufragar todos los aspectos de la vida nacional es un país que no inspira respeto y al que no se le pregunta su opinión.

En este año, que marca la llegada, por primera vez, de un negro a la presidencia de los Estados Unidos de América, ¿qué impide a los dirigentes y ciudadanos del primer país negro independiente de América y del mundo ponerse de acuerdo para crear las condiciones necesarias que le permitan reconquistar su soberanía e inspirar respeto? El siglo pasado, tras una ocupación estadounidense que duró 19 años, nuestros mayores concluyeron que la ocupación había sido muy larga y humillante, y juraron que jamás volvería a repetirse. Sin embargo, desde 1993 esa situación se ha ido reproduciendo una y otra vez, a tal punto que damos la impresión de no poder sobrevivir, y aún menos funcionar, sin una fuerte presencia extranjera complementada con una fuerza multinacional. De esto hace ya 16 años. Sólo tres menos que lo que duró aquella primera ocupación estadounidense.

¿Por qué los distintos poderes no se ponen de acuerdo con la sociedad civil y el sector privado para preparar una hoja de de ruta realista y pragmática que facilite, dentro de un plazo razonable, el retiro de la MINUSTAH, la novena fuerza multinacional instalada en nuestro país desde 1993? ¿Deberá permanecer 20 años, como sugirió alguna vez Kofi Annan? Hé aquí un tema que merecería ocupar un lugar destacado en el programa de diálogo anunciado por el Presidente de la República. La formulación de propuestas al respecto y la adopción de medidas tendientes a mejorar las condiciones de vida de nuestros compatriotas nos ayudarían, sin duda, a recuperar un poco la credibilidad y, quizás, el derecho a sentirnos orgullosos. Orgullosos del logro de Obama, sin duda; pero orgullosos, sobre todo, de nosotros mismos y de nuestros esfuerzos. Eso es lo que necesitamos con urgencia.

[Rochasse091@yahoo.com->Rochasse091@yahoo.com

6 de enero de 2009